Thursday, November 13, 2014

Por el camino de “acate”.

Una mañana soleada del primer martes de noviembre salí desde Iquitos con destino a Santa Rosa (anexo de la Comunidad Matsés del Perú) ubicado en el margen izquierdo de la quebrada Chobayacu, distrito de Yaquerana, frontera con Brasil. Un avión de la FAP para 18 pasajeros me llevó hasta la frontera en 45 minutos, aterrizó en un aeropuerto de tierra afirmada cubierto de malezas que tocaban en la mitad del muslo. Una vez arribado en Angamos –capital del distrito con una población aproximada de 3 mil habitantes– fui recibido por Daniel Vela, Jefe de la Comunidad Matsés. Mientras se ultimaba la logística necesaria para llegar a Santa Rosa vi en Angamos la ausencia perniciosa de los servicios básicos que hubieran de haber para alentar y mejorar la función educativa, asistencia médica, comunicación y otros deberes y derechos fundamentales.

Tres horas al día brinda el gobierno local alumbrado público en la comunidad, de siete de la noche a diez de la noche. Durante todo el año ha sido, entonces, inevitable el desuso de las computadoras que el gobierno central entregó a la institución educativa primaria y secundaria de Angamos. Mientras tanto la población que culmina cada año la etapa escolar transitan hacia la vida común o hacia el estudio de alguna carrera profesional sin noción esencial sobre informática en agravio de las mejores alternativas de éxito que brinda ortodoxamente el manejo de los principales conocimientos que exige la oferta educativa superior en el país y el mundo. Esta y muchas otras omisiones durante el año escolar sitúan a los jóvenes de frontera en lamentable desventaja de aprendizaje y rendimiento.

El primer viernes de noviembre salí de Angamos hacia Santa Rosa. Íbamos surcando siete personas en un bote que remontaba con éxito cada meandro del río Yaquerana mientras caía el sol en una tarde lluviosa. En la mitad del camino un mediano pez chambira –pez provisto de afilados y alargados dientes que en usanza ataca incansablemente a peces pequeños para alimentarse– saltó atemorizado por el ruido del motor y cayó con rapidez en la cara de un pasajero y fue a quedar con los ojos cautivos en el fondo del bote ante la mirada amical de los humanos. Íbamos a la misma velocidad de una libélula negra de cinco centímetros de largo. Durante treinta segundos la libélula compitió en carrera con el bote y ninguno pudo tomar ventaja, hendía como una cometa de firme estructura el viento aluvial y viró a la derecha para irse batiendo sus alas en señal de libertad.

El bote entró a la quebrada Chobayacu –tributario del Yaquerana en territorio peruano, estrecho y muy sinuoso– en el umbral de la noche. La pericia del conductor hizo que el bote superara muchas veces meandros que formaban vértices hasta de 45 grados. Con linterna en mano llegamos a Santa Rosa. Fuimos recibidos por muchas luces semejantes a la de un pedazo de cielo tachonado de estrellas, eran linternas de las almas hospitalarias. Santa Rosa es una comunidad Matsés bella, limpia, originaria y silenciosa, rodeado de hermosos paisajes. Hay una escuelita inicial y primaria en un mismo local, con maestros de la misma etnia y en medio de la selva se levanta saludable como un nido de amor y un ícono de la suspirada interculturalidad.

Estuve tres días en Santa Rosa participando de una reunión entre el pueblo Matsés de Perú y Brasil. Cada año buscan, en confraternidad, arrostrar los desafíos y problemas mediante la construcción y reconstrucción de una agenda común que involucra también el esfuerzo solidario de la sociedad civil nacional e internacional. Cada vez se hace más grande la cofradía ante el aumento aritmético de la grave y escalofriante amenaza inherente a la actividad petrolera que logró ubicarse en el lote 135 y 137 concedidos por el Estado Peruano a la Pacific Rubiales. Las endemias como la hepatitis, tuberculosis y malaria han sido planteadas como la principal demanda que requiere de atención prioritaria de parte del gobierno de Perú y Brasil, las muertes por causas de estas enfermedades no dejan de pintar cuadros de dolor e impotencia. El permiso forestal para el aprovechamiento de madera que la Comunidad Matsés del Perú viene ejecutando fue discutido con mucho fervor en el seno orgánico, “internamente” como si se tratase de un aquelarre representado por un demonio que vino de otras tierras. El permiso forestal que desde ya tiene muchos problemas –judicializado por OSINFOR en la sede judicial de la cuidad de Loreto Nauta– exime de responsabilidad al “maderero” –autor de los engaños más letales  y descomunal codicia en esta odisea– y  sanciona al pueblo Matsés por ser titular del permiso. La ley debería también en algún momento, en este caso, sancionar los ilícitos de individuos u organizaciones que no actúan pero si perjudica directamente.


Mi viaje por el camino de “acate” –sino de la medicina tradicional Matsés– culmina con el recorrido de un tramo nutrido de acontecimientos que alentó en la clausura del evento pronunciar un pequeño mensaje de unidad, sentido crítico, comunicación honesta y defensa del heroico legado de sus antepasados: el bosque más rico de esta región. Esta nota culmina con el inicio de la lectura de un libro escrito por David Fleck “Historia Antigua del Pueblo Matsés según Manuel Tumí”.  Hasta pronto.

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