Si cada persona hubiera sembrado más ideas importantes, fértiles y más acciones objetivas que anodinas y perjudiciales, la sociedad donde vivimos ahora tendría mejor horizonte de bienestar y prosperidad. Si cada individuo y cada autoridad durante el ejercicio de sus deberes y funciones jamás o en menor tamaño habrían quebrantado la ley y las reglas de juego, el país de hoy tendría instituciones privadas y públicas vibrantes de éxito y de sueños promisorios. Con más honestidad y menos desvergüenza, tendríamos como referente una historia del Perú encomiado por todas las generaciones. La derrota de la hipocresía en los campos de batalla para encumbrar el poder del ejemplo triunfal, daría paso al ardiente espíritu de la transformación, la innovación y la genialidad de todos los campos de la ciencia y la cultura. El camino de la posteridad estaría allanado para lograr la arquitectura de la planificación estratégica más allá de cincuenta años. Basado en pilares fundamentales que privilegie, en esencia, la felicidad de la persona y la integridad del territorio donde vive.
Tenemos paradigmas
locales y universales que están inspirando en estos momentos a millones de personas
que defienden ideas y concretan acciones orientadas a lograr un mundo mejor.
Por ejemplo, el triunvirato conformado por los pueblos indígenas, nuestro señor
Jesucristo y Copérnico. Por un lado, la inquebrantable resistencia y lucha
diaria contra la destrucción de su territorio y del medio ambiente global. Por otro,
el evangelio del amor a Dios y al prójimo. Tercero, el nacimiento de la
revolución científica a través del heliocentrismo. También, en los lugares prístinos
y remotos de la amazonía existen voces y códigos memorables que solamente los
indígenas pueden descifrar en beneficio de una vida saludable y del buen vivir.
La fotografía de
este momento de nuestra realidad es dolorosa y aún más terrible porque el presente
distópico y deseado que se dibujó en los párrafos anteriores ni siquiera tiene
viso de existencia sino de un brutal retroceso que agoniza la esperanza de los
más pobres y socava gravemente la paz y la democracia. El avance de la corrupción
a gran velocidad en los últimos 20 años echó abajo a las instituciones de prevención,
control y sanción. Alentando así el incremento de la minería ilegal de oro y
del narcotráfico en la amazonía. Estas dañinas actividades son como células cancerígenas
que si no se cura a tiempo hará metástasis comprometiendo los órganos del
Estado y lo que viene después es el descalabro y la muerte. Analistas con buen
olfato suscriben la sospecha de que el Perú dio seguidas zancadas hacia el
estatus de narcoestado.
Nosotros tenemos
el remedio para salvar al país de esta crisis, toda la vida la medicina estaba
en nuestras manos. Es de vida o muerte comprometernos a adoptar la educación de
la integridad y la transparencia, desarrollar como sociedad la cultura de la
decencia y la responsabilidad. Exigir a las autoridades mejorar visiblemente la
educación y salud, el ingreso percápita proveniente de la gestión eficiente y sostenible
los recursos naturales, mantener la estabilidad de un buen modelo de gobierno, incluir
a los pueblos indígenas en la política nacional de desarrollo respetando sus
derechos colectivos y fundamentales. Finalmente, en las próximas elecciones de
las autoridades locales, presidenciales, senadores y diputados, votar bien. Castigar la corrupción en las urnas.
50 años muy bien
transitado como individuo y sociedad, funcionario y gobierno, trabajador y
empresa, estudiante y universidad, padre e hijos, emprendimiento y legalidad, diversidad
cultural y respeto, tendremos el Perú que soñamos.
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